Columna de opinión — Vecindario Deportivo
Mientras León todavía guarda el eco de las finales infantiles y juveniles que cerraron hace apenas unos días, otra ciudad del Bajío-Centro toma la estafeta con un torneo que rara vez recibe la misma atención mediática, aunque debería. Puebla es esta semana —del 27 de julio al 1 de agosto— la sede del Festival Máster Nacional de Voleibol 2026, y ahí, en el Centro Expositor, más de 730 equipos y arriba de 7,500 jugadoras y jugadores de 30 estados del país están demostrando algo que el deporte de formación todavía no puede: lo que pasa cuando la pasión por competir no se apaga con la edad, sino que se refina.
Vale la pena decirlo sin rodeos: es la primera vez que Puebla alberga un evento de esta magnitud en la categoría máster, y la respuesta ha sido contundente. La organización, encabezada por el Instituto Municipal del Deporte junto con el Gobierno del Estado, acondicionó 40 canchas en 15,000 metros cuadrados para recibir a delegaciones de todo el país, en un formato que reparte a las participantes en seis categorías femeniles y cuatro varoniles. La edad mínima de ingreso son los 30 años; el techo, en la práctica, casi no existe.
Y ahí está lo que a mí, como aficionado al voleibol amateur, más me interesa subrayar: este no es un torneo de exhibición ni una versión diluida del deporte de alto rendimiento. Quien haya pisado alguna vez una cancha en una categoría máster sabe que el nivel de exigencia táctica sube, no baja, con los años. Se pierde algo de explosividad física, sí, pero se gana en lectura de juego, en colocación, en la capacidad de anticipar la jugada del rival dos movimientos antes de que ocurra. Es voleibol jugado con la inteligencia acumulada de décadas de práctica, y eso —cualquiera que haya competido después de los 30 lo confirmará— es un tipo de rigor distinto, no menor.
Hay también una dimensión que trasciende la cancha. Un torneo que moviliza a más de 7,500 personas de 30 estados durante una semana completa no es solo una competencia deportiva: es una postal de comunidades que llevan años sosteniendo ligas amateur, clubes de barrio y equipos de trabajo que entrenan entre semana con el único incentivo de llegar en forma a este tipo de encuentros nacionales. Son personas con empleos de tiempo completo, con hijos, muchas con lesiones ya acumuladas, que igual eligen invertir sus vacaciones y sus ahorros en viajar a otro estado para jugar un torneo. Eso no se explica con estadísticas de participación; se explica con la palabra que casi nadie usa ya en el deporte competitivo: afición, en el sentido literal.
La derrama económica estimada —superior a los 400 millones de pesos para Puebla, cifra comparable a la que dejó el Festival Infantil y Juvenil en León hace apenas unos días— también obliga a repensar cómo se distribuye la atención pública sobre el deporte base. Cuando un torneo de niñas y niños llena portadas y otro de adultos de 30 a 70-y-tantos años pasa casi inadvertido pese a mover cifras similares, algo en la cobertura deportiva nacional sigue privilegiando la juventud como única narrativa válida del deporte que vale la pena contar. El Festival Máster demuestra lo contrario: que la pasión competitiva no tiene fecha de caducidad, y que hay todavía una historia enorme por contar sobre quienes decidieron que cumplir 30, 40 o 50 años no era motivo para colgar las rodilleras.
Puebla tiene hasta el sábado para terminar de escribir esta edición histórica. Pero el mensaje de fondo ya quedó claro desde el arranque: en la categoría máster, cada saque, cada bloqueo y cada punto se disputa con la misma intensidad de siempre, solo que ahora acompañada de algo que ninguna categoría juvenil puede todavía ofrecer —años de cancha convertidos en criterio.
¿Compites o conoces a algún equipo máster? Cuéntanos su historia en Vecindario Deportivo.